Saturday, November 11, 2006
El tiempo pasa (o los cambios en el carrete)

A medida que uno crece van ocurriendo cambios de varios tipos: se nos cae el pelo de la cabeza, y nos sale en lugares novedosos, como las orejas o los pies; hacemos amistades y desechamos algunas antiguas; cambiamos de parejas y algunos incluso cambian de sexo. Pasamos de una religión a otra, o al ateismo, o al agnosticismo; incluso recuerdo que antes no toleraba los zapallos italianos, y ni por error comía cualquier tipo de marisco, hoy con agrado engullo aquellos alimentos, aunque mi aversión por las “guatitas” sigue intacta. Sin embargo una amiga, mientras compartíamos una botella de vino con otros dos amigos, me hizo notar uno que, a pesar de haberlo percibido, no había tomado conciencia del mismo. Se trata del carrete, y lo hizo con la siguiente pregunta: “¿En qué minuto empezaron a pedir una botella de vino para conversar?”. La pregunta tiene sentido considerando que ella tiene 18 y nosotros promediábamos los 26.

Me acuerdo que cuando era chico iba a los cumpleaños a jugar y comer rico, las mamás se esmeraban haciendo jaleas que colocaban en cáscaras de naranja, poniendo globos, rellenando piñatas, e incluso una que otra, pagándole a un payaso o un mago para divertirnos. Nos vestían todos dignos para aquellas ocasiones, para mostrar que éramos cabros buenos, y que también teníamos una faceta ordenada, a pesar de lo que el currículo colegial pudiera decir. Mi vieja incluso compraba tortas con diseños de variados personajes, me acuerdo especialmente de una con la forma de la “S” de Superman, y otra con el símbolo de Batman, y de cómo fue la envidia de mis amigos que llegaron a compartir conmigo ese día. Los regalos también eran notables, todos llegaban con alguna cosa, un juguete, un libro, o lo que sea, de hecho hubo ocasiones donde pasaba como media hora abriendo regalos y cosas.

Pero el tiempo pasa, y las cosas fueron tomando otro curso. Ya más grande, los carretes duraban hasta más tarde. Se nos olvidaron las piñatas y las jaleas, y empezaron a aparecer los ponches sin alcohol, que tan meticulosamente preparaban los padres, y una que otra botella de cerveza. Los hombres ya no íbamos tan arreglados, a diferencia de las niñas que se producían con mucha dedicación. Llegados al lugar, nosotros nos juntábamos en un rincón del patio y si encontrábamos una pelota, empezábamos a “pichanguear”, como dios manda. Ellas se juntaban en algún otro rincón que supuestamente estaba acondicionado como pista de baile y nos miraban con odio, o empezaban a bailar entre ellas y a sacar violentamente del juego a algunos amigos para que se pusieran las pilas en esto del crecimiento. Casi junto a este período, empezamos a sacar a bailar a las chicas. Recuerdo que el tema era, para casi todos, una prueba de valentía que incluía, armarse de agallas, respirar hondo y repasar el discurso a decir para sacar a bailar, y qué cara poner en el caso de que te dijeran que no.

No pasaron muchos años, y la cosa se iba haciendo mucho más parecida a un concurso de “quién toma más sin curarse, o morir en el intento”. A estas alturas ya pasaban los padres a buscarnos tipo 3 o 4 de la mañana, se bailaba toda la fiesta y se consumía cada vez menos comida y más alcohol. Ya no eran una o dos botellas de cerveza, sino que varios litros, un par de botellas de pisco que se iban renovando a medida que se acababan, y lo más infaltable, el vino. Este último, claramente en caja, donde se privilegiaba la cantidad a la calidad, y que fuera factible de combinarse con Coca-Cola, para hacer aquel chileno brebaje llamado “Jote”. Empezaban a verse las primeras cajetillas de cigarro vacías, y por tanto las primeras quemaduras en los sillones y manteles. Además, eran infaltables las madres histéricas limpiando las también infaltables cagadas que dejaban los invitados, con la promesa de nunca más hacer una fiesta en su hogar. Recuerdo especialmente a un amigo pegándole una patada a un ventanal de puro borracho, haciéndolo pedazos, mientras la madre de la cumpleañera la subía y la bajaba por haber invitado a un tipo así; así como un par de cumpleaños que terminamos haciendo slam mientras escuchábamos Pantera, con las temidas consecuencias para el mobiliario.

Las cosas fueron como las describo por un buen tiempo, y después las aguas se calmaron y los personajes se volvieron cada vez más civilizados. Los carretes se fueron deformando a tertulias donde algunos conversaban, otros bailaban, otros fumaban, otros joteaban y la mayoría lo pasaba de lo más bien. También comienzan los dramas entre parejas, mujeres llorando porque nadie las había sacado a bailar, y nosotros riéndonos del origen de las lágrimas de éstas. Compañeros borrachos, vomitando cualquier recipiente de forma cóncava que encontraran y el dueño de casa tratando de explicarle a sus progenitores que era la primera vez que le pasaba, que quizás venía enfermo, o que se yo. Algunos ya tenían auto y era los encargados de ir a dejar a la mayoría a sus hogares, y otros seguían llamando a sus viejos para llegar a destino. Se empieza en esta época a mover las primeras cantidades de marihuana y estupefacientes varios, donde los pertenecientes a las “elites carreteras” contaban con todos los implementos para hacer un pito de excelente calidad. Dentro de mis compañeros estaba uno que se le denominaba “el arquitecto”, por la habilidad de lograr los mejores armados, con la cantidad justa, sin botar nada al suelo y su capacidad para esconder lo que fuera en caso de urgencia (ya sea de tipo policial, o padres, etc.). En esta época la comida durante los carretes se remitía a un par de paquetes de papas fritas y un poco de maní salado que algún desubicado había llevado. El resto del capital se invertía en copete, donde ya no era tan recurrente el vino, sino que se preferían las botellas de pisco (el más barato del mercado y adquirido en la botillería cercana, recordemos “cantidad antes de calidad” es el lema), con las que se preparaba el infaltable combinado. Los asistentes a los eventos también van cambiando, los grupos se iban haciendo cada vez más herméticos y la concurrencia a los eventos se iba deformando a asuntos de afinidad más que por el gusto de compartir con todos.

Últimamente la cosa ha seguido “sufriendo” modificaciones. En los carretes se suele conocer a bastante gente, dado que llegan los amigos de los amigos de los invitados oficiales. Se van dando más oportunidades para conversar que para bailar, aunque nunca falta el “topplero” en todas las grandes ocasiones. El copete cumple en este caso la función más básica, que es quitar la sed y alegrar un poco el ambiente; asimismo se van privilegiando las calidades a las cantidades, pero esta última se tiene siempre en consideración, porque nunca es bueno que falte copete en cualquier celebración. Los hombres se dedican mayormente a conversar y jotear, y las mujeres a conversar y a ser joteadas. Los temas pueden pasar de hablar de cualquier estupidez, comentar las noticias, o debatir de política, ciencias y los últimos descubrimientos arqueológicos. Los medios de transporte más usados son ahora las micros y los autos propios. La hora de término es incierta… de hecho aun recuerdo el cumpleaños de una amiga, donde llegamos un viernes y nos retiramos un domingo. Los dramas ya casi no se ven, los paños sucios se lavan en casa, aunque nunca falta el desubicado/desubicada que decide convertir las celebraciones en un infierno para algún invitado, o para todos. El “pasarse de copas” ya no se estila, es más, se considera casi un agravio por dejar sin trago a los demás, y las cagadas casi no existen, a lo mas dar vuelta un vaso, o quebrarlo al darlo vuelta.

Así ha sido la escalada, hoy por hoy me junto con algunos amigos, no muchos. Se abre una botella de vino, o de ron, o de whisky cuando estamos mejor de capital, y se conversa hasta altas horas de la noche tratando de cambiar al mundo, quemando cigarros y riendo, a veces sobrando un poco del trago comprado. Aunque también hay de lo otro, con baile, hablar estupideces y tomar un poco más de la cuenta, pero he privilegiado la conversación más relajada, algo rico para tomar y alguna cosa para comer. Las cosas han cambiado con el tiempo, pero está exactamente como me gusta.

 
Craneado por Rupert a las 5:30 PM | Permalink |


6 Comentarios:


A las 6:10 PM, Blogger Clouds_of_ dreams

Wenísimo... cómo olvidar aquellos tiempos... educativo por lo demás!!! jajajajaja. eso sí.... bien heavy la caída de carnet de ID....jijijiji... mil besos.

 

A las 9:30 AM, Blogger And then there was silence...

Weena, que gran análisis!. Faltaba uno de estos. Es cierto, como cambia la cosa. De rpente se extraña la piñata jajaja, o la búsqueda del tesoro. Eso sí, debo decir algo. Yo aún no estoy en la etapa de juntarme con lso amigos y abrir una botella de vino. Qué taaata!

 

A las 9:31 AM, Blogger Doc

El tiempo pasa pues.. y agarrate que despues los carretes se empiezan a cambiar por ir a tomar un café y después por un "porqué mejor no almorzamos el martes?"

Fuerte...

Un abrazo Ruper de las Mercedes (tb conocido como el niño de las flores) jajajaja

 

A las 2:28 PM, Blogger Mane*

Estoy con trauma!! o.O
No por tu texto Rup... si no por lo que dijo el Doc. ¬¬
creo que experimentado un aviso de vejez prematura...
ya he tenido mis veces de tomar café y el "por qué mejor no almorzamos..."
¬¬ tendré que pensar mejor la forma de encuentro con mis amigos...
o.O trauma!!

A todo esto el texto lo encontré genial... enfermo de ilustrativo... y me alegra mucho que hayas posteado ^^

pd: juntemonos a tomarnos una botella de vino?... voy a matar a los dos que están arriba mío... grrr... ;)

 

A las 2:53 PM, Blogger Rupert

totalmente de acuerdo contigo Mane, el par de insurrectos debe morir
XD

 

A las 6:37 PM, Blogger .:. Pola .:.

jajajaja


Que cierto todo lo que dices, fue como ver mi vida hay... y como ha cambiado, a pesar de que no se esta viejo igual los carretes no son lo mismo que antes... se podria decir que no se tiene el mismo aguante que antes quizas.

Quizas en un tiempo el cambio si que será radical como dice Doc.

Saludos.-